No sé si lo siento o me lo imagino

Del cuerpo a la mente o de la mente al cuerpo

Desde que empecé a practicar yoga y meditación, me encontré con dos tipos de propuesta en las prácticas. Por un lado las visualizaciones, en la que la persona que facilita la sesión te pide que proyectes una serie de imágenes en tu cuerpo o contexto: «Visualiza una luz blanca llenando tu útero», por ejemplo. Y por otro lado, las técnicas perceptivas, en las que el facilitador invita a una observación concreta de algo que está sucediendo en esos momentos. Como por ejemplo: «Observa tu respiración».

Pasaron años hasta que me empecé a fijar en los distintos efectos de estas dos propuestas, que van en sentidos completamente opuestos. La visualización impone, sugiere, propone, una imagen desde el mundo de las ideas con la intención de provocar un cambio en la materia. Y la técnica perceptiva, genera una imagen en el mundo de las ideas a partir de lo observado, sentido, percibido, en lo tangible. La primera va de la mente al cuerpo y la segunda del cuerpo a la mente.

Para poner un ejemplo muy concreto, que pude vivir al practicar Anatomía Experiencial: no es lo mismo buscar en tu cuerpo lo que tú crees que es tu hígado, a aproximarse a la zona donde sabes que muy probablemente esté tu hígado y empezar notar los distintos movimientos, texturas y temperaturas. En el primer caso, visualización, tu cuerpo intentará ofrecerte lo que más se acerque a tus expectativas o aceptará tu frustración al no encontrar nada parecido. En el segundo caso, en tu mente se irá generando, con más o menos sorpresa, una imagen de lo que percibes, de lo que es ahora tu cuerpo.

No sé si lo siento o me lo imagino

Este es uno de los comentarios habituales en las sesiones y seminarios de yoga orientado a la percepción. Y justamente ese es el objetivo de esta práctica: discernir entre lo que percibo y lo que me imagino. Otro capítulo sería el de reflexionar cuándo es mejor percibir y cuándo es mejor imaginar, o si necesitamos percibir e imaginar al mismo tiempo.

Por el momento, nos aventuramos a esbozar algunas indicaciones que pueden indicarnos si vamos en una dirección o en otra. Paso indispensable para luego entrar en decidir si hacemos una cosa o la otra. Pero no suficiente, también necesitaremos explorar los efectos de cada uno de los enfoques.

Cuando lo estoy sintiendo…
  • Puedo dar una ubicación bastante precisa de la sensación en el cuerpo. Por ejemplo, puedo decir si lo que identifico como sensación está en la superficie de la piel, o cerca de un hueso, o en algún lugar que no se especificar pero que está medio camino entre el esternón y la columna.
  • Observo que la sensación cambia o no de lugar o intensidad, pero independientemente de si yo lo decido o no.
  • Si aparece una inquietud, está relacionada con la sorpresa o la preocupación. Puede ocurrirme que lo que sienta sea muy diferente a lo que esperaba sentir, o que me haga pensar que algo no anda bien en mi cuerpo.
  • Hay una claridad de que las imágenes que aparecen en la mente son fruto de lo percibido. Hay una secuencialidad. Como nos pasaría al tocar a alguien con los ojos cerrados.
  • Al estar inmersos en una actitud contemplativa, la sensación corporal global es de tranquilidad, de no acción.
Cuando lo estoy imaginando…
  • Suelo dudar entre si lo siento o lo imagino, ya que no consigo tener una referencia clara y física de lo que estoy queriendo explorar.
  • Me doy cuenta de que no me resulta espontáneo el hecho de curiosear en zonas vecinas a las que estoy observando en un principio. Al contrario, la imagen previa de lo que busco en mi cuerpo me atrapa en un lugar concreto y me confronta si no encuentro lo buscado.
  • Puedo describir con extrema facilidad, claridad y precisión lo que pienso que he sentido. Aunque puede suceder que esto ocurra también cuando estamos sintiendo, lo más habitual es que las palabras no nos alcancen para describir la complejidad de lo que encontramos en el cuerpo. Un discurso extremadamente estructurado, sin dudas, ni pausas en su desarrollo, justo después de una experiencia perceptiva puede ser indicativo de que mi discurso es en relación a una previa imagen mental aprendida y no sentida.
  • Cuando imagino algo y voy al cuerpo a buscarlo, mi actitud no es la de contemplación, es la de búsqueda. La misma diferencia de actitud que si salimos al bosque para descubrirlo o salimos a buscar setas. Si estoy en una actitud de proyección de la mente hacia el cuerpo, es muy probable que la sensación corporal global sea de alerta, no de serenidad.

 

Después de años de estudiando y potenciando los procesos intelectuales, nos dimos cuenta de lo olvidadas que teníamos las emociones. Ahora venimos de dedicar a la emoción años de atención, estudio y visibilización. Parece que le llega el tiempo al cuerpo. Necesitamos realizar el mismo trabajo, el de explorarlo, hacerlo evidente y ponerle palabras.

 

Tere Puig

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