Compasión, curiosidad y cambio

La gente que siente compasión, también suele ser curiosa. O a la inversa.

 

“¿No te llevas las manos a la cabeza al pensar en las clases que dabas hace veinte años? Cuando no tenías toda la experiencia que tienes ahora”

Ayer, esta pregunta me tomó por sorpresa. Me di cuenta que había nunca reflexionado sobre ello, o nunca con profundidad.

La respuesta fue: no. Y, sin pensarlo, dije que soy compasiva conmigo.

He querido averiguar un poco cómo es que conseguimos sentir compasión por nosotros mismos. He recordado las conversaciones con las amistades que también son compasivas consigo mismas, sus hábitos y su forma de estar en el mundo. Suelen ser gente extremadamente curiosa, grandes conversadores. Suelen sentir compasión en general, no solo por sí mismos.

Por un lado, creo que la compasión es algo que todos llevamos impregnado en algún lugar del cuerpo. No he encontrado a nadie que haya que explicarle lo que es la compasión, es algo que todo el mundo reconoce y ubica en sus reacciones físicas. Por otro lado, pienso que es algo que más o menos conscientemente vamos cultivando o anulamos, en función de nuestros hábitos de vida y relaciones.

Benditas dudas

Algo común que detecto en las personas que, sin dejar de mirar a su pasado, viven tranquilas con él, es que no actúan cuando dudan. Para algunas personas es algo muy natural, va con ellas mantenerse en el estado reflexivo y contemplativo. A otras, las que son de hacer, les cuesta un poco más, pero se aguantan. Estas últimas, son el tipo de personas que necesitan hacer con la misma intensidad que necesitan saber por qué lo hacen.

Aprender a usar la certeza

Otro concepto que veo que se maneja para poder ser compasivo es lo relativo. Cuando al actuar existe la certeza de que es la mejor acción que se puede realizar, también se es consciente de que la certeza es siempre circunstancial. Se tiene presente que cualquier cambio interno o externo, cualquier nueva información llegue de donde llegue romperá el equilibrio. Son personas para las que la certeza es un medio, no un fin.

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Pienso que estas dos cualidades: hacer fértil el espacio que pide la duda y haber descubierto que tus certezas cambiaran con tus circunstancias, son los pilares de un carácter compasivo con uno y con los demás.

Me acordaba de una cita que leí en Pensar con el cuerpo:

“Si a los cuarenta sigues haciendo el amor como a los dieciocho, pierdes algo; y si a los sesenta haces el amor como a los cuarenta, pierdes algo” James Hillman

Si hacemos el amor, si pensamos, si viajamos, si nos relacionamos, si aprendemos, si enseñamos, si vivimos, si… a los sesenta igual que a los veinte, nos perdemos algo.

La compasión como solución

Arrepentirme, avergonzarme, culpabilizarme por las clases que daba hace veinte años, o por como comía hace veinte años, o por como amaba hace veinte años, o por cómo criaba hace dieciocho años, o por… sería arrepentirme de todo lo que he vivido y aprendido en todos estos años.

Quizá, las personas compasivas con nosotras mismas, simplemente no tenemos valor de hacer tal cosa. Ni de seguir activos pensando que lo de hoy será un error cuando lo miremos mañana.

Veo la compasión como la mejor solución para vivir algo que sabemos inevitable, el cambio. Porque la otra estrategia para no sentirse arrepentido de lo de lo que uno hace, o ha hecho, es la de perdernos algo. Es invalidar cualquier otra manera de hacerlo. Es invisibilizar al otro, perderse el placer del otro. Es negarse el aprendizaje. Es matar la curiosidad. Y, con ella, el placer por vivir.

 

Tere Puig

 

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