Practicar yoga con un bebé entre los brazos

El yoga con bebés no debería ser algo más en la lista de cosas que uno necesita incorporar a su vida para estar mejor

Es efectivo cuando sucede para cubrir una necesidad. La de una madre o un padre que buscan la manera incorporar al bebé en sus hábitos de cuidado corporal y compartirlos con él.

 

 

Ana había practicado yoga durante 10 años antes de quedarse embarazada. Estaba acostumbrada a su práctica matinal –más o menos diaria y más o menos larga–, a sus sesiones semanales, a sus largas meditaciones en silencio, a su incienso. Durante el embarazo mantuvo estos hábitos y le hacían bien. Aunque el sueño de los primeros meses y el cansancio de los últimos días hicieron que la práctica matinal fuera más irregular.

 

Llegó el bebé.

 

Ni práctica matinal, ni silencios, ni sesiones semanales, ni incienso, no encontraba el momento de encenderlo. Pasaba los días soñando con el momento en que podría volver a su yoga.

 

Eva tuvo más o menos la misma experiencia hasta el momento del nacimiento. A diferencia de Ana, ella comentaba lo mucho que le ayudaba la meditación y el yoga en estos primeros meses de vida de su hijo.

 

¿Por qué Eva pudo mantener su práctica y Ana no?

Ana seguía las enseñanzas de su maestro. Él decía que no se utilizaran a los hijos como excusas para no meditar. Esto no le permitía conciliar el sueño. Eva seguía las mismas enseñanzas. Pero en cambio ella recordaba otras de las frases de su maestro: “desapégate hasta de tu camino”. Esto le permitió liberarse de las rutinas.

La práctica de Eva dejó de ser una serie de treinta minutos y una meditación de once minutos a las 6.30 de la mañana. Ahora hacía unas pocas prácticas respiratorias o meditaciones de tiempo variable mientras alimentaba al bebé. Y esto podía ser a la 1h10, a las 3h30 a 6h22 o las 8h35.

Las sesiones semanales de una hora y treinta minutos pasaron a ser diarias. A veces sólo duraban cinco minutos. El tiempo que se tarda en flexionar las rodillas para acercarte al bebé que juega en su manta, o en extenderlas y caminar hacia el sofá sintiendo los pies en contacto con el suelo. Otras veces eran más largas. Cuando estiraba su espalda sobre manos y rodillas mientras el bebé disfrutaba de verla.

También decidió utilizar el sonido para relajarse en lugar del silencio. Cada día entrenaba su percepción afinando la escucha a los sonidos del bebé y allí encontró un espacio de serenidad. Y por unos meses, dejó de usar incienso y disfrutó del olor de la maternidad.

 

Si estás con un bebé en brazos, es probable que tengas dolor en la nuca y la parte alta de la espalda

La mayoría de las mujeres que hemos alimentado bebés pasamos mucho tiempo sentadas con ellos en brazos. Y con la cabeza inclinada para mirarles mientras maman o toman el biberón. En esto último es donde está el inconveniente.

Te propongo una placentera alternativa. Además de beneficiarte físicamente, te ayudará a relajarte y a relacionarte con el bebé de una forma distinta, segura y confiada.

 

 

Cierra los ojos y descansa la cabeza en el respaldo o una almohada.

 

Supera la tremenda tentación de mirar al bebé.

Sólo es necesario que recuerdes que además de ser hermoso, también huele exquisito, hace unos sonidos curiosísimos y su piel es lo más suave que has sentido.

 

Mantente con los ojos cerrados y la cabeza relajada mientras afinas el resto de tus sentidos.

Al mismo tiempo que escuchas tu ritmo respiratorio, percibe su olor, escúchalo, siéntelo a través de tu piel. Y si acerca las manos a tu boca no dudes en saborearlo.

 

 

En realidad, contemplar el mundo con los ojos cerrados es una experiencia que vale la pena, con bebé o sin.

 

Tere Puig

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