Los regalos envenenados

El regalo

Hace solo unos días que he vuelto de un viaje de dos semanas que han parecido seis meses.

Me fui a un pueblo de Senegal movida por dos motores. Uno, el ahondar un poco más en el conocimiento que allí hay sobre los temas de gestación y parto. Otro, las ganas del reencuentro con aquel murmullo que dos años atrás había encontrado también en África. El latido. Y ahí estaba, no podía ser de otra forma. Y estaba, naturalmente, junto a tantas otras cosas.

Una de esas cosas me ha oprimido, me molesta y creo que no va a dejar de molestarme. De hecho me gustaría que nos molestara a muchos, así que hablaré de ello.

Me encontré con un medio rico en recursos. Recursos humanos y naturales abundantes, fértiles y fuertes.

Pero en este medio y circunstancias también existe la sensación de carencia. A día de hoy este es el triste punto de contacto que he detectado entre esa cultura y la nuestra. Este ha sido uno de nuestros regalos: hacer creer que el único recurso que nos salva es el dinero y aprender a sufrir por ello.

El envenenamiento

Los hombres blancos llegaron con su medicina y trabajaron sin descanso para que los hombres negros perdieran la confianza en la suya. Las plantas medicinales que allí existen y el conocimiento que los ancianos tienen de ellas resuelven la mayoría de sus problemas de salud sin generarles otros. Y además, resulta que pueden acceder a estos remedios sin que suponga un gran coste para ellos.

Pero no, ya no creen en ello y el conocimiento se está olvidando. Ahora quieren la carísima e inaccesible medicina de los blancos. Nosotros, los que vivimos en el lugar del mundo en el que la medicina es un negocio, no contentos con haber creado esta necesidad sin sentido damos un paso más. Seguimos reforzando la idea de que somos nosotros los que tenemos los recursos y no ellos. Y trabajamos y nos organizamos para darles el dinero que les falta. Naturalmente, ese dinero que les falta es para comprar medicinas a nuestra industria farmacéutica.

Solo se me ocurre una palabra: perverso.

No necesitan nuestra ayuda más que nosotros la suya, necesitan que les digamos la verdad: que nosotros no tenemos la solución.

Por aquella mala costumbre que tenemos de entender África como un todo homogéneo, aclaro que esto que aquí escribo es completamente distinto a lo que viví en Kokologhó, un pueblo de Burkina Faso. Allí todavía encontré un profundo vínculo con su sabiduría tradicional y, a pesar de la escasez de recursos que allí había, no estaba presente la sensación de carencia en el carácter. Allí, apenas llegan los hombres de este, nuestro, lugar del planeta.

 

Tere Puig

2 Comentarios

  1. Dra. Legorburu-acupuntura

    Muy cierto que son regalos envenenados..
    Y perverso es la palabra adecuada.
    ?? Tere

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    1. nacercrecer (Publicaciones Autor)

      Sí… y es algo que está en nosotros y que repetimos aquí y allá, no está ligado a un lugar concreto. Produce tristeza, pero al mismo tiempo abre un camino, nos invita a hacer algo… por nosotros.

      ¡Abrazos, Margarita!

      Tere

      Responder

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