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Espacios urbanos y salud

 

La arquitectura clásica y renacentista eran humanistas, el cuerpo humano estaba en el centro. Y su método era traducir en piedra las condiciones físicas más ventajosas.

Geoffrey Scott

¿Qué efecto tiene el espacio sobre el cerebro y el cuerpo? ¿Qué principios regulan esta relación?

Entrevista realizada a Jader Tolja, por Rita Sicchi para la revista Paysage, mayo 2007.

¿Cómo sucede que un médico llegue a ocuparse del diseño de espacios?

Ha sido una consecuencia natural de mi historia profesional. Estaba interesado en profundizar en la relación entre mente y cuerpo, pero enseguida me di cuenta que no se trataba de una díada, por lo menos se trata de una tríada: mente-cuerpo-espacio.

¿Cómo repara en esta interrelación?

De joven trabajaba en el hospital psiquiátrico e investigaba enfermedades psiquiátricas crónicas. Estas personas, al funcionar sin filtro el del Yo, expresan más directamente lo que les sucede a nivel inconsciente. De modo que, estar con ellas me permitió observar con claridad cómo cuerpo, mente y espacio eran inseparables. Cuando cambiaba algo en su mente, no cambiaba también solo su cuerpo, también cambiaba su percepción del espacio. Y del mismo modo, a un cambio en su relación con el espacio le correspondía una alteración corporal y mental.

¿Puede explicarnos alguna experiencia personal concreta?

Por mi naturaleza siempre he sido hipersensible a la cualidad del espacio, pero sí que tuve una experiencia clave. Fue en un viaje al Japón, en el 82. Cuando estuve en Kyoto, lo primero que visité fue Ryoan-ji, probablemente el jardín zen más intenso y mejor conseguido.

Cuando atraviesas la puerta que da al jardín tienes la sensación de acceder inmediatamente a aquel estado de conciencia que, antes de esta experiencia, solo conseguía con mucha concentración. Cuando me dedicaba a controlar la longitud de las ondas mentales con instrumentos electrónicos de bio-feedback o a través de técnicas somáticas avanzada como la que desarrolló Amos Grunsberg, con quien había trabajado en Nueva York unos meses antes.

Aun recuerdo la sensación física con absoluta claridad. Potente e inesperada. Apareció cuando, después de superar algunos paisajes oscuros, contemplé el jardín zen con toda su luminosidad y belleza. Fue como una sensación de activación del centro del cerebro. Y obtenida espontáneamente, a través del simple contacto con un espacio.

Esta experiencia marco un antes y un después, por la claridad que me aportó la percepción de la potencia de los efectos del espacio en el cerebro y, naturalmente, en el cuerpo.

Naturalmente, esto tiene implicaciones fundamentales en la medicina, en el bienestar y en la salud.

¿Cuáles?

Ya en el ámbito científico se observa, cada vez con mayor claridad, que gran parte de las enfermedades son en realidad equivalencias somáticas de la depresión. Se ha demostrado, por ejemplo, para el cáncer, las enfermedades autoinmunes, los ataques de pánico, la anorexia, la bulimia, etc. Estos estados mejoran con la administración de fármacos antidepresivos, que producen un fuerte aumento de serotonina (1). Pero, si pensamos que casi la totalidad de la serotonina se produce en el interior del intestino y que las vísceras se “abren” cuando estamos en un estado subcortical -el mismo que se experiementa en un jardín zen- podemos comprender con facilidad que este estado subcortical produce una especie de “ducha de serotonina” en todo el organismo. Y esto facilita la salida de la depresión. Se reactiva una vitalidad y una sensibilidad que llevan a la recuperación de la salud física y psicológica, a una serenidad profunda y a una amplificación de la percepción del aspecto espiritual.

¿A que se refiere al decir “una percepción del aspecto espiritual”?

Además del estado de bienestar del que hablaba antes, entre los diferentes efectos del aumento de serotonina está también el de generar una “sensación de pertenencia” a todo lo que te rodea. Por este motivo, sustancias que actúan sobre los niveles de serotonina, como el Peyote usado por los chamanes en Centro América, o los derivados del ácido lisérgico usado en Elusi en la antigua Grecia, se usaban principalmente con fines iniciáticos o rituales.

¿Cómo se podrían diseñar los jardines y parques para contribuir al bienestar y a la salud?

No existe un criterio absoluto. Siempre depende del lugar y el momento concreto.

Creo que parques, jardines y espacios verdes públicos en general pueden representar ocasiones fundamentales para reequilibrar las características de una localidad.

El diseño de un parque o un jardín en un lugar donde la naturaleza aun es la protagonista absoluta, estará teñida de la necesidad de estimular la dimensión cortical del cerebro. Lo hace a través de trucos como la originalidad, la complejidad y la variedad de formas y colores. En este caso, los jardines representarían un lugar donde es posible descubrir unas condiciones de excitación mental. Niños y adolescentes, que están afianzando su corticalidad o las personas que sienten la necesidad de control, generalmente adoran este tipo de lugares. Solo es necesario ver la habitación de un adolescente, llena de imágenes, objetos y símbolos; o una tienda de moda, donde la hiperestimulación visual y sonora se considera como un valor adjunto.

¿Y en nuestra realidad actual?

Barrio de Ribes Roges. Zona de playa en Vilanova i La Geltrú.

En el caso de zonas fuertemente urbanizadas domina una penetrante presencia de elementos que activan del control racional. Tanto en el modo en el que educamos, como en el que practicamos deporte o como en el que construimos y diseñamos el espacio. Es practicamente imposible encontrar lugares que activen el centro del cerebro y que pongan en stand-by, en estado de reposo, la parte cortical.

Pensemos en una jornada en una ciudad como Milán o en cualquier ciudad de Lombardía: nos movemos en calles llenas de letreros, señales viarias, semáforos, publicidad, indicaciones, líneas, lleno de continuos llamados de atención. Para aquietar la alerta a la que esto nos lleva, necesitaríamos llegar al menos al paseo junto al río en Valtellina. Entonces, la construcción de un parque en un lugar fuertemente urbanizado debería priorizar la necesidad de tranquilidad, de espacio, de simplicidad, de limpieza; y anteponerlo a la originalidad o, vista la urgencia física y psicológica, a la funcionalidad práctica.

¿Cómo puede obtenerse este efecto en los proyectos de arquitectura urbana?

Sobretodo a través del equilibrio y la armonía del conjunto, del la unidad de formas, de proporciones y de colores y a través de la presencia de agua. La subcorticalidad, el centro, se activa a través de la utilización de formas arquetípicas ya presentes en la naturaleza, de formas sencillas que el organismo conoce ya naturalmente.

Al contrario, formas complejas, angulares o fragmentadas como un trapecio, formas complicadas como las que ahora están de moda, pensadas solo intelectualmente, que no encontramos en la naturaleza y que el cerebro no reconoce como obvias, generan el efecto opuesto. Todo esto nos lleva a un estado cortical.

¿Qué espacios evocan sobretodo una condición marcadamente subcortical?

Los naturales, que son variados y en ellos no prevalece ningún elemento especialmente llamativo que distraiga de la atención del conjunto. Unas montañas al atardecer, casi como un cuadro abstracto. O el mar con islas diseminadas, como piedras en un jardín zen.

Sentir el placer de una escena que aquieta la mente, que no te exige un reconocimiento minucioso del lugar, te lleva a la activación del centro del cerebro, a un estado meditativo. Porque lo que te llama la atención o es reconocible -como un poste de la luz, un repetidor, una plataforma petrolífera- es un punto de apoyo a la mente racional, a la corteza cerebral, al pensamiento intelectual. Si estos elementos no están presentes es más fácil acceder a momentos de profunda recuperación. Por este motivo, dos días de vacaciones en barco de vela en un entorno natural regeneran más que una semana en un pueblo turístico.

Ya ha mencionado la oportunidad de evitar elementos fuertes, pero en los espacios abiertos se usan a menudo objetos de reconocimiento.

Creo que el problema no está en transformar más o menos un lugar, si no en cómo se hace.

Un jardín zen, aun teniendo un carácter propio, no va en contra de la naturaleza humana. Al contrario, la sostiene. Del mismo modo que sucede con los cánones clásicos, que utilizan ritmos y formas que resuenan y se combinan con nuestra naturaleza física original.

Por ejemplo, los templos neoclásicos de los jardines románticos son elementos artificiales, pero están inseridos con gracia en el propio ambiente, realizados con el equilibrio y la delicadeza de las formas arquetípicas como el círculo, el cuadrado o el octógono. El resultado de esto es que resultan construcciones naturalmente integradas en el ambiente, como si hubieran estado siempre ahí. Al verlas no tienes la sensación de incomodidad, no te molestan y no te llevan al estado cortical.

Hostalets d’en Bas, pueblo de la Garrotxa.

Entonces, para los proyectistas solo existen dos posibilidades: diseñar espacios cerebrales o dedicarse al diseño de jardines románticos y copiar jardines zen.

Claro que no. Sería como organizar una cena en Milán en la que fuéramos todos vestidos con kimono. Personalmente estoy interesado en una tercera posibilidad. Hoy existen espacios contemporáneos muy logrados, como el museo Suzuki en Kanazawa, donde usan los mismos principios neurológicos y somáticos que usan los zen clásicos, sin necesidad de imitarlos literalmente.

Del mismo modo, pienso que la arquitectura clásica y la renacentista han sido simplemente dos de las posibles interpretaciones de los principios de la humanización del proyecto. Creo que estos principios se pueden percibir de manera consciente, comprenderse e implementarse para contribuir a la realización de un diseño del espacio “humanista” y contemporáneo.

 

 

(1) El problema de una intervención bioquímica en este caso es que la mejora de las condiciones a corto término puede llevar a un empeoramiento a largo término.

Este texto forma parte del libro Essere Corpo.

 

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