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Lo sagrado en tiempos de abundancia

Gracias por ayer

(parte del saludo matutino en la familia Kabré de Kokologhó)

 

Recientemente viajé a Burkina Faso. Que, por cierto, significa “la tierra de los hombres íntegros”. Pero solo lo comento porque es algo que me llamó la atención, lo que quería era centrarme en la clara sensación que allí se tiene en relación con la fragilidad de la vida y cómo esto marca nuestra forma de vivir y expresar la intimidad y la espiritualidad.

Allí uno tiene claro que igual que está, puede no estar. No porque haya una sensación de peligrosidad, al contrario, uno se siente enormemente seguro en esas tierras. Lo que ocurre es que las condiciones son duras. Agua de pozo, sin electricidad, cuatro meses de lluvias, y corre que hay que conseguir alimento para subsistir los otros ocho meses de sequía.

kokhologó

Concretamente, estuve en Kokologhó y ahora quería deciros durante cuánto tiempo, por aquello de dar solidez al escrito, pero me doy cuenta de que no lo sé con precisión. Tendría que buscar los billetes de avión. Fueron entre ocho y diez días; allí el tiempo pierde importancia y por ahora no he tenido ganas de devolverle su lugar preferente. Espero que esto no reste credibilidad a lo que quiero contar.

Lo que más ha perdurado en mí de esos días de convivencia con los Mossi es su hermosa manera de expresar y contemplar lo esencial: la profundidad, la potencia y la discreción de cada uno de sus gestos y movimientos. Todavía saboreo la manera en que la esencia está presente en cada momento y, al mismo tiempo, sigue invisible a la mirada acostumbrada al espectáculo.

mercadoCuando llegué allí todo me parecía tan hermoso como caótico, sin orden ni forma. Pero poco a poco, como si cada día pudiera enfocar un poco mejor, empezó a hacerse visible un orden impecable. De repente, volví a sentir algo que aquí, en Europa, solo había sentido en contadas ocasiones; como durante el nacimiento de mi hija o durante la muerte de mi padre. Es esa sensación brutal y liberadora de que la vida es matemática, de que todo sucede con una precisión milagrosa. Un gesto lleva a otro, una mirada genera un movimiento que, a su vez, transforma tu mirada, y comprendes, y respondes. Y si no te mueves, si no comprendes, si no respondes, algo sucede, algún otro comprende y respnde y eso te toca de nuevo. Así, sin que suceda nada espectacular, con un equilibrio y una sencillez sorprendente.

Nunca había sido tan consciente de cómo una vida tan tremendamente sencilla y evidentemente frágil, en la que uno se levanta y vive y ya está, es al mismo tiempo tan reverente como impregnada de sentido.

A partir de todas estas vivencias y gracias a un calor que te impide pensar con la lógica a la que estamos habituados, empecé a fijar mi atención en la relación que puede existir entre esta sensación de que la vida es frágil y esa presencia y expresión discreta, silenciosa y cotidiana de lo sagrado y lo íntimo.

miradaLo comenté con Víctor, un grandísimo conocedor de la cultura africana y culpable de que seis blancos aterrizáramos en el hogar de los hombres íntegros. Le pregunté si pensaba que esa escasez de recursos te lleva a economizarlo todo, también el gesto. Él me explicó que, efectivamente, había observado en sus múltiples viajes la gran diferencia entre los ritos de las regiones húmedas y las secas. En las primeras, donde el alimento es abundante y fácil de obtener, los ritos son exuberantes y vistosos. Acceden a lo espiritual a través de danzas y cantos que les llevan al trance. En cambio, en las regiones donde conseguir alimento es una tarea que exige esfuerzo, planificación y colaboración, el rito es discreto y el contacto con lo sagrado está presente en lo cotidiano pero es prácticamente imperceptible. Se manifiesta a través de pequeños gestos y de la precisión con la que se usa la palabra, se puede percibir en la serenidad o determinación de un movimiento o en la profundidad de una mirada.

Compartimos la sensación de que esta consciencia, de que cada movimiento tiene un impacto irreversible en la conservación, o no, de la vida, es lo que hace que estos hombres sean tremendamente atentos, prudentes y precisos: cuando se tiene que hacer algo se hace y punto, sin darle mayor importancia ni visibilidad. De que probablemente es por este motivo que sus ritos son sobrios, austeros y la mayoría invisibles a la mirada de quien llega de la cultura de la abundancia. danzamujeresIgual que sucede con la expresión de sentimientos e intimidad; nada de demostraciones apasionadas de amor y devoción, pero sí una demostración continua, callada y firme de presencia, afecto y respeto. Pensamos que quizá gracias a la incertidumbre en la que están inmersos viven en esta continua contemplación, la mayor expresión de amor o, como dice Hillman, la mayor de las bendiciones.

Viendo también lo que ocurre en nuestra sociedad, parece como si hubiera una relación entre la abundancia material o, más bien, la fantasía de que la vida está asegurada, con la necesidad de exteriorizar o teatralizar lo relacionado con la intimidad y la espiritualidad.

Probablemente he descubierto la sopa de ajo, pero lo revelador e inspirador de la experiencia me lleva a compartirla. Más allá de si es mejor una mayor exteriorización o una expresión menos vistosa, me parece interesante saber y recordar cómo los ambientes nos llevan a experiencias tan distintas de lo que significa ser humano. Y, al mismo tiempo, no puedo evitar decantarme por una de las dos opciones: me atrae lo discreto, lo casi imperceptible.

Un grand merci.

 

Tere Puig

5 Comentarios

  1. irene garzon perez

    Gracias Tere, por este sentir y dar voz a la grandeza y sencillez del corazón.

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  2. Esther

    Maravillosa mirada, Tere en este encuentro con lo casi imperceptible,lo sutil…
    La sencillez amplifica nuestros corazones!
    Vivir desde la esencia,
    Un abrazo!

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    1. nacercrecer (Publicaciones Autor)

      ¡Un abrazo, Esther!

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  3. Dra.Legorburu-acupuntura.

    Interesante viaje Tere, por fuera y por dentro.
    Aquí todo hace ruido…
    Un abrazo

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    1. nacercrecer (Publicaciones Autor)

      Gracias, Marga. Tienes razón…
      ¡Abrazos!

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