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El “coche en silencio” (o la incoherencia en la educación)

Cuando uno se da cuenta de la importancia que tiene ofrecer un modelo coherente, el castigo en la educación pierde todo sentido.

El coche en silencio de Renfe es un espacio con unas normas claras y explícitas: no se puede hablar por teléfono, ni comer, ni escuchar música sin auriculares, ni hacer ruidos varios con tablets ni smartphones. En definitiva, que se viaja en silencio tal como su claro nombre indica. Avanzaba hacia él con una sensación de espacio interno y amplitud que provenían del entusiasmo que me producía estar acercándome a tres horas de silencio. Tengo claro lo peligrosas que son las expectativas, pero cuando me despisto caigo irremediablemente en ellas -espero no ser la única-, y esta vez me despisté.

 

incomunicacionNada más sentarme, ocupando a fondo todo ese espacio que me pertenecía y dispuesta a disfrutar del prometido silencio, la señora de atrás telefoneó a dos personas para comunicarles que ya estaba en el tren -pensé que debía ser urgente que lo supieran y que quizás no sabía usar los mensajes de texto. Pero cuando acabó, empezó a masticar con ganas algo realmente crujiente -empecé a pensar que no sabía que estaba en el vagón silencio. Mientras, la señora de delante empezaba una alegre conversación telefónica -otra que no debía saber donde estaba. Un chico joven, digno usuario del coche en silencio, le recordó que no estaba permitido hablar por teléfono. La señora colgó inmediatamente. Y continuó la animada conversación con su compañera de viaje. Parece que el mensaje del joven fue claro, pero no lo suficiente. Al otro lado del pasillo, dos chicas se unieron al ambiente tan distendido y también comenzaron su conversación a viva voz.

 

Por fortuna, a todos nos entra el sueño en un momento u otro, y al cabo de media hora, cuando ya casi no quedaba nada de esa sensación de amplitud que sentía al entrar, pudimos a disfrutar del silencio esperado. Hasta que otro señor salió del vagón para hablar por teléfono -él sí sabía donde estaba- pero no se dio cuenta de que su voz seguía llegándonos con claridad cada vez que pasaba por delante del detector de movimiento que abre la puerta del vagón.

 

Educar sin castigarTodo esto son comportamientos de personas adultas. Me preguntaba que hubiera ocurrido si en lugar estar en un vagón de tren esto hubiera ocurrido en un aula.

¿A la silla de pensar? ¿Castigados sin patio? ¿Sanción? ¿Y el chico que avisó a las señoras? ¿También hubiera recibido? ¿Quizás hubiera sido humillado por hacer uso de una autoridad que “no le corresponde”? No todas las aulas son iguales, pero sí las hay, más de las muchos desearíamos, que usan estos métodos de forma habitual.

 

Los niños aprenden por imitación¿Qué visión del mundo se debe forjar el niño cuando se le exige sistemáticamente que actúe de una forma determinada, y se le castiga si no lo hace, sin ofrecerle un modelo de quien aprender a hacerlo? ¿Cómo actuará más tarde con los demás?

Se nos olvida fácilmente que los más pequeños reproducen con una enorme exactitud todo lo que los adultos repetimos una y otra vez frente a ellos

 Para que el modelo sustituya al castigo necesitamos menos atención hacia fuera y más atención hacia dentro, es una cuestión de equilibrio…

 

Tere Puig

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