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TDSA, el transtorno por déficit de ser atendido

Todo el mundo sabe perfectamente que los niños pequeños pasan mucho tiempo trabajando sin parar, haciendo una y otra vez los mismos movimientos con un objeto; todo el mundo conoce el intenso interés que ponen los niños de dos y tres años en construir una torre con bloques de madera o en llenar un cubo de arena. Y no lo hacen solo una vez, lo hacen muchas y siempre con la misma profunda concentración, ya que para ellos es un trabajo real. J. Dewey, del libro Democracia y educación

Es un día cualquiera.

Juan está absorto ordenando los lápices dentro del estuche, ya ha probado diferentes formas de hacerlo- por tamaño, por colores, por orden del que más le gusta al que menos,…- pero ninguna le convence. Él sigue.

Elsa y Bea conversan desde hace rato sobre el regalo que están preparando para Beth. Va a ser su cumpleaños en unos días, no saben muy bien cuando, pero falta poco. Cada una da una idea aun más lujosa en detalles y complejidad que la anterior y se les está haciendo complicado llegar a un acuerdo. Parece que continuarán un buen rato en el tema.

Susana y Jorge no saben muy bien como acomodarse en la silla. Diríamos que les resulta un lugar un tanto incómodo. Entre los dos han ido probando distintas opciones: piernas cruzadas, sentados en la puntita, poniendo la silla del revés,… Ahora Jorge se levanta a buscar algo en su mochila, parece que ha tenido alguna idea brillante. Quizás encuentren la comodidad en breve, pero es posible que continúen investigando.

Podríamos decir que David no hace nada, pero sería algo inexacto. De hecho, hace diez minutos que mira por la ventana, su cara va cambiando de expresión y no parece aburrido. Cabe la posibilidad de que esté haciendo algo y que no tenga la más mínima intención de dejar de hacerlo.

La maestra, hoy, quiere hacer una actividad de dibujo para desarrollar habilidad en el manejo del lápiz. Ha preparado unas hermosas láminas dónde los niños y niñas deberán copiar unos dibujos de objetos dentro de un cuadro específico para ello. Está desesperada. Le ha costado mucho conseguir que los pequeños le hicieran caso y se interesaran por la tarea de hoy. Y los que han empezado a hacerla, tras pocos minutos, la abandonan y ella tiene que volver a insistir para que la retomen. No duda ni un momento de los problemas de atención que sufren los niños y niñas de hoy en día, aunque se consuela pensando que, en realidad, la capacidad de atención de un niño es muy baja.

Cuando miro a un niño absorto durante horas en una tarea que le gusta, defendiendo a capa y espada que le dejen continuar un rato más, me cuesta creer que la capacidad de atención de un niño es baja. Y cuando veo el empeño que tenemos los adultos en conseguir que los niños nos hagan caso y la frustración que nos inunda cuando no lo conseguimos, me pregunto si no seremos nosotros los que tenemos déficit de atención, pero no en la que ponemos en algo, sino en la que nos gustaría recibir.

 

Tere Puig

 

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