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Los niños aprenden si es seguro aprender

Extranjero en nuestro planeta, todo niño nace curioso. Así, interactúa con todo lo que descubre a su alrededor sin que lo molesten las ideas preestablecidas; manipula, experimenta y explora. El niño cuya curiosidad se acepta como cosa válida tiene vía libre para aprender.

Hacia los tres o cuatro años de edad, el niño promedio es, virtualmente, un paquete de preguntas andantes: “¿Por qué es verde el césped'”, ¿Qué cosa sostiene las nubes?”, “¿De donde sale calor del fuego?”, “¿Ven los muertos?”, “¿Quién le sacó ese pedazo a la luna?”, “¿Dios, ¿es casado?”, “¿Por qué?”. A los cinco, la mayoría han conformado ya ciertas actitudes en torno del aprendizaje, moldeadas en las reacciones de los padres en torno de sus primeras exploraciones. Los niños aprenden si es seguro aprender.

Por desgracia, algunos aprenden desde muy temprano a no aprender. ¿Cómo ocurre semejante cosa?

Tomás vuelca su carrito, y hace girar las ruedas con las manos. “No, Tomasito. Los carros andan así”. Le fascinan los hermosos y brillantes paquetes de la tienda de comestibles: “¡Basta, Tomasito, quita las manos de ahí!”. Está por tomar una extraña criatura que encuentra en el jardín; “¡Está sucio, Tomasito!, es un caracol lleno de baba; lo no toques”. Una y otra vez, se disuade a Tomasito de investigar y de probar nuevos enfoques de las cosas que descubre. La curiosidad lo pone en apuros: aprende que explorar es riesgoso.

D. Corkille

del libro El niño feliz

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