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Mantener el orden en casa ¿y aquí quien manda?

 

 Para que reine el orden en casa necesitamos que alguien sepa imponerlo… ¿o no?

Si entendemos el equilibrio, el orden, como una necesidad en el ser humano a la que todos tendemos, el panorama que se nos presenta es ligeramente diferente. Cuando digo todos me refiero absolutamente a todos ¡también el terremoto de tres años!

La historia de la humanidad tiene un movimiento pendular, también en lo que se refiere a crianza. Pasamos del extremo en que los niños no eran tenidos en cuenta para nada al extremo de situarlos en el centro de todo. Pasamos de negar que el bebé intrauterino sintiera, a vivir en una sociedad en la que el niño lo decide prácticamente todo. No olvidemos que decidir implica una asunción de responsabilidad que, normalmente, uno es capaz de tomar cuando va conquistando ciertos grados de madurez. El punto medio es aquel en el que todos estamos reconocidos y satisfechos. Ojalá nos quedáramos oscilando ahí. Para alcanzarlo, hablando de familia, de grupo, de relaciones humanas, necesitamos cambiar la óptica.

Discutir sobre quién debe tener y ejercer el poder no va a llevarnos más allá de una discusión

Una persona está naturalmente en equilibrio hasta que aparece una necesidad, por ejemplo el hambre. Ese desequilibrio nos mueve a hacer algo para recuperar la sensación de bienestar que nos mantiene en nuestro centro, en este caso comer. Y así volvemos a un estado de armonía hasta que surge una nueva necesidad. Pedirle a alguien que esté equilibrado y al mismo tiempo impedirle que sacie su necesidad, es como decirle a alguien que se mueva pero que se este quieto.

En una familia, como en todo grupo humano, se respira armonía y orden cuando todos y cada uno de sus miembros tienen satisfechas sus propias necesidades reales y, al mismo tiempo, la familia como grupo también. Por tanto, vemos que llegar al orden tiene que ver con la capacidad de descubrir y cubrir necesidades. Y no tanto con la capacidad de mando de alguno de los miembros del grupo.

Por poner un ejemplo

Mamá necesita descanso. Papá cubrir una inquietud cultural. El bebé que le mimen. El chico de 5 años quemar energía. Y al mismo tiempo, todos quieren compartir un rato juntos. Una solución sería quedarnos en casa para descansar y mimarnos, o irnos todos al parque para ir en bici, o todos al museo. Así, estaríamos el poder a uno de los miembros. Y de este modo, algunos de los integrantes de la familia se sentirán bien y los otros no. En esta situación es muy probable que estos últimos expresen su malestar de todas las maneras imaginables. Y, seguramente, ninguna agradable.

Pero si conociendo lo que cada uno necesita y, con un poco de creatividad y tiempo, organizamos una tarde donde haya espacio para todo y todos, la probabilidad de que la armonía se respire es mucho mayor.   Mientras mamá hace la siesta con el bebé, papá y el niño juegan a pelota en el parque. Mientras, ellos piensan que exposición irán a visitar cuando mamá y el bebé despierten, por ejemplo. De este modo, habremos dado espacio a las necesidades del grupo y a las de cada uno de los miembros.

Si haciendo todo esto aún reina el desequilibrio

En este caso, lo más probable es que haya alguna necesidad que no se ha descubierto y por tanto que no se ha podido cubrir. Esto es mucho más habitual de lo que pensamos. Y el ejercicio de poder, sólo hace que encubrir y esconder aún más estas necesidades no reconocidas. Así, nos damos cuenta que lo que podría parecernos de ayuda para mantener el orden, nos aleja cada vez más de él. Y en cambio, descubrimos que la vía que nos lleva en su dirección no es otra que la de la escucha, el conocimiento y el reconocimiento de uno mismo y de los demás.

Tere Puig

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