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Ser o no ser padres

Bauman nos ofrece en este texto una punzante reflexión sobre la decisión de ser padres.

 

Hubo épocas (de hogares/talleres, de granjas familiares) en las que los niños eran productores.

En esas épocas, la división del trabajo y la distribución de los roles familiares se superponían. El niño debía unirse al oikos familiar, hacer un aporte a la fuerza de trabajo del taller o la granja. Y por lo tanto, en esas épocas en las que la riqueza era resultado del trabajo, la llegada de un hijo traía la esperanza de mejorar el bienestar familiar. Quizás los niños fuesen tratados con dureza y severidad, pero también el resto de los trabajadores recibía el mismo trato. No se esperaba que el trabajo brindara satisfacción y placer al trabajador: la idea de “satisfacción laboral” todavía no habla sido inventada. Y por lo tanto los hijos eran, a los ojos de todos, una excelente inversión, y bienvenidos como tal. Cuantos mas, mejor. Mas aun, la razón aconsejaba cubrirse de los riesgos, ya que la esperanza de vida era corta y era imposible prever si el recién nacido viviría lo suficiente para que su aporte al ingreso familiar llegara a sentirse. Para los autores de la Biblia, la promesa que Dios le hiciera a Abraham –“multiplicaré tu descendencia como las estrellas del firmamento y como las arenas del mar”– era indudablemente una bendición, mientras que muchos de nuestros contemporáneos la tornarían mas bien como una amenaza o una maldición, por no decir ambas.

Hubo épocas (cuando la fortuna familiar pasaba de generación en generación a lo largo del árbol genealógico y de acuerdo con los parámetros hereditarios de la Sociedad) en que los hijos constituían un puente entre la mortalidad y la inmortalidad, entre la vida individual, abominablemente corta, y una (anhelada) duración infinita a través del linaje. Morir sin hijos implicaba no construir ese puente jamás. La muerte de un hombre sin hijos (aunque no necesariamente la de una mujer sin hijos, a menos que se tratara de una reina o algo similar) implicaba la muerte de un linaje: haber descuidado la mayor de las responsabilidades, dejar incumplida la tarea mas imperiosa.

 

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Con la nueva fragilidad de las estructuras familiares, con familias con esperanza de vida mucho mas corta que la expectativa de vida individual de cualquiera de sus integrantes, cuando la pertenencia a un linaje familiar particular se convierte rápidamente en uno de los “indefinibles” de nuestra moderna era liquida, y la filiación a alguna de las muchas redes de linajes disponibles se transforma para cada vez mas personas en una cuestión de elección de tipo revocable y hasta nuevo aviso, un hijo puede aun ser un “puente” hacia algo mas perdurable. Pero esa otra orilla hacia la cual conduce el puente esta cubierta de una bruma que nadie tiene la esperanza de disipar, y por lo tanto es improbable que despierte grandes emociones, y menos probable aun que llegue a inspirar un deseo que mueva a la acción.

ser-padresSi una súbita ráfaga de viento disipara esa bruma, nadie sabe bien que clase de costa dejaría al descubierto, tal vez no sea un terreno suficientemente firme como para sostener un hogar permanente. Puentes que no conducen a ninguna parte, o a ninguna parte en particular… ¿Quién los quiere? ¿Para qué? ¿Quién desperdiciaría tiempo y dinero en diseñarlos y construirlos?

Z. Bauman del libro Amor Liquido

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